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Medio rural

LA CAZA Y LA SOSTENIBILIDAD EN EL MEDIO NATURAL

Desde tiempos remotos la caza ha sido una práctica utilizada como medio principal de subsistencia del hombre, para muchos esa fue la primera razón de su práctica, hasta no hace mucho. Son muchos los vestigios encontrados que reflejan esta actividad como una parte fundamental en la vida diaria de los homínidos que habitaron el planeta, desde hace más de 2,5 millones de años.


Pero la evolución histórica ha hecho que esta actividad primitiva pasara de ser una necesidad vital a una actividad social y de ocio (única forma de ocio, por cierto, para muchos habitantes de nuestras aldeas aún hoy en día). Para otros lugares, además de ese interés social, esta actividad es uno de los muchos atractivos que ofrecen numerosos municipios, en los que la caza parece ser una de las escasas salidas para retener poblaciones con un mínimo de calidad de vida, gracias a la “explotación” turística de la actividad.


Por esta y otras muchas razones es necesario establecer unos criterios de aprovechamiento de este tipo de recursos, basados en la sostenibilidad, que deben orientar la actividad cinegética teniendo en cuenta el conocimiento de las especies, sus hábitats, así como la aplicación de modelos de seguimiento y gestión de poblaciones. La caza es, más allá de la demagogia utópica de unos pocos, una realidad (social, económica y ecológica) de muchos territorios del mundo.


Su utilidad en el control de poblaciones

En los últimos años el abandono de las tierras de labor tradicionales (y la aparición de cultivos extensivos cereales, praderas, masas forestales), unido a la falta de depredadores, provocó un crecimiento desproporcionado de poblaciones de determinadas especies; razones por las que la actividad cinegética comenzó a practicarse como un elemento regulador de esta situación.


En Galicia, el abandono de áreas rurales junto a la transformación radical de otras, fueron dos circunstancias bastante frecuentes en el último siglo y que dieron lugar a la situación actual. En cuanto a la primera, hay que decir que las causas radican en la emigración y abandono de tierras o, simplemente, la desaparición de usos agrarios tradicionales en zonas que sufrieron así las consecuencias del abandono de tareas como la selvicultura o la desaparición de plantaciones de productos que constituían la base alimenticia de especies como la perdiz o el conejo.


Pero mientras unas tienden a extinguirse por la pérdida de hábitat y alimento otras de caza mayor, como el corzo o el jabalí, han experimentado un espectacular crecimiento, favorecidas por la creación de nuevas franjas de cultivo forestal extensivo como los eucaliptos o el pino radiata, y en las inmediaciones de grandes praderas que producen el forraje para el vacuno de leche, cultivos donde encuentran su ideal de alimentación.


Por lo tanto, la mano del hombre atiza el desequilibrio del sistema natural gallego ya sea por abandono o transformación. Ambas acciones provocan, por un lado, la desaparición de determinadas especies tan necesarias para completar el ciclo o pirámide alimenticia y, por otro, la multiplicación desproporcionada de otras.


Ante esta incontestable realidad el ser humano se ve obligado a llevar a cabo unas prácticas de recuperación de especies y espacios naturales tradicionales (rehacer ecosistemas equilibrados y afrontar programas de recuperación de productos agrarios tradicionales en la alimentación de lo que conocemos como caza menor). Al tiempo se hace necesario el desarrollo de un modelo de caza selectiva y controlada.


De esta forma se lograrían dos objetivos: la recuperación de poblaciones “sostenibles” de animales (número de ejemplares adaptado a la capacidad de carga de cada territorio) a lo largo de la “cadena alimenticia”, desde una simple perdiz hasta toda una larga lista de predadores naturales que han desaparecido, como lobos, ginetas, linces, águilas y aves rapaces.


Pero estas acciones no dejarán de ser un parche si no se afrontan, sin demagogia y falso ecologismo, programas de caza selectiva de aquellas poblaciones que puntualmente se encuentren más allá de lo soportable para los territorios como jabalí, corzo, zorro y, por supuesto, lobo, cuando las poblaciones se han desproporcionado. Esta vía es la única fórmula para esa sostenibilidad y biodiversidad.


Las polémicas

En Galicia, como en cualquier lugar del mundo, la necesidad de integrar la actividad cinegética como una tarea más de las actividades socio económicas en nuestros entornos naturales viene chocando con posiciones de algunas organizaciones ecologistas como Adega o Verdegaia, impulsoras de la plataforma Matar por Matar, que aprovechando las posibilidades de proyección mediática de acciones contra la caza del zorro desarrollan una campaña de total oposición (sin matiz alguno) a la actividad cinegética en general, generando un clima de “falsa confrontación social” sobre la cuestión de la caza en Galicia.


Choca igualmente con la realidad más pragmática de organizaciones similares en otras comunidades como Extremadura, La Mancha o Castilla León... donde cada vez es más habitual que ecologistas y cazadores “vayan de la mano” con la Administración. Ocurre así, por ejemplo, en acciones de protección y desarrollo de las llamadas especies de caza menor y de sus espacios naturales, como fórmula para la recuperación de especies sensibles como el lince ibérico. Una buena demostración son las decenas de ejemplares de linces que sobreviven y se recuperan de forma totalmente salvaje, en los montes y cotos de caza de la provincia de Toledo. Así lo recoge el estudio de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Comunidades de Castilla la Mancha, en cuyo análisis se atribuye esa supervivencia a las inversiones y esfuerzos (controlados y racionalizados) en cotos de caza en los que se sigue cazando perdiz y conejo y en los que también abunda la caza mayor y, como no, depredadores de todo tipo (eso es biodiversidad).


Frente a este modelo, el de “laboratorio” de Doñana: reproducción en cautividad y vida semisalvaje (o semicarcelaria, según se quiera interpretar).


Futuro

La caza, tal y cómo hoy se entiende, puede y debe orientarse al mantenimiento y restauración de los equilibrios ecológicos entre las especies de fauna silvestre y, desde esta orientación, ha de convertirse en un instrumento para una política de conservación de los recursos naturales renovables, recuperando una faceta conservacionista que devuelva a la actividad cinegética y a los que la practican el respeto y el prestigio que en los últimos años se ha visto reiteradamente puesto en tela de juicio desde algunos sectores sociales.

Todos: cazadores, ecologistas, administración… están obligados a remar en una dirección, a hablar sin apriorismos, a buscar soluciones posibilistas. El mantenimiento de posturas antagónicas, sin capacidad de negociación ni dialogo sólo puede llevarnos a la desaparición de la caza, pero con ella habrán desaparecido buena parte de las especies naturales del país y caminaremos hacia esa naturaleza de lienzo que sólo sirve para ser observada, como a los linces en el zoológico.

 

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